29. marzo 2020

Eugenio Barba: Letter to the Odin people longing for the future in their home

Carta a la gente del Odin que en sus casas tienen nostalgia de futuro

                                                                                                                        Domingo 29 marzo 2020

Queridos Odines,

donde sea que estén, ahora los alcanzo con mis pensamientos para holgazanear un poco en vuestra compañía.

Si el arte es una experiencia que desplaza al individuo haciéndolo reflexionar sobre su condición, entonces los tiempos que vivimos son “artísticos”. Toda forma de arte es artificial y se manifiesta en una manera de pensar y reaccionar que no corresponde con los criterios y actitudes habituales de la vida normal.

El pintor lo hace combinando intuitivamente los colores y calculando las caricias del pincel en una danza que lo aleja y lo atrae a la tela, de la cual emerge la vida. El ceramista provoca con el pie el girar del torno con la arcilla y, a través de la delicada, pero precisa presión de cada dedo, todo el cuerpo plasma la precisión del vacío dentro un jarrón, una taza, un pote.

Vivimos en una realidad asombrosa que nos obliga a alterar radicalmente nuestros ritmos, recurridos y formas simples de ser y regularse. Algunos de nosotros la vivimos como una restricción, otros como un momento de libertad y autorreflexión.

En uno de esos momentos de libertad, cuando el pensamiento vuela lejos, me encontré de nuevo en Bari en el 1943, en el tiempo de la Segunda Guerra Mundial. Mi padre estaba agonizando en la cama, mi madre le secaba el sudor con una toalla húmeda, y yo, un niño de siete años, fui a la calle para pedir limosna. Solía hacerlo a menudo en esos tiempos cuando se tenía hambre y no había nada para comer en casa.

Ese día un hombre con una gran capa militar se había detenido y llamaba con una voz melodiosa y fuerte:

NIIIIIIIIIIÑOS, NIIIIIIIIIIÑOS, NIIIIIIIIIIÑOS, NIIIIIIIIIIÑOS.

Los transeúntes lo miraban maravillados. Yo también. El hombre me sonrió, metió la mano en el bolsillo y me ofreció un caramelo. Luego, arrastrando los pies, se fue. Era uno de los tantos soldados trastornados que vagaban intentando regresar a sus hogares luego de la desintegración del ejército y el abismo en el que había caído el país.

Cada vez que el mundo parece colapsar me vuelve a la boca ese sabor de caramelo.
Y me dan ganas de sonreír.

También me sucedió esta mañana cuando me desperté y miré por la ventana.
Los campos, los árboles y el laguito temblaban por las miles
y miles de mariposas que revoloteaban al sol. Está llegando la primavera
– me susurré a mí mismo. Dentro de poco los tiempos “artísticos”

serán un recuerdo y nos sumergiremos nuevamente en la vida crónica.
Una sonrisa ha rejuvenecido mi rostro.

Se los envió con un abrazo

Eugenio

Foto: Jacob Stage (2019)